Es una verdad absoluta que las cosas buenas no duran para siempre. Llevaba ya tres años viviendo cada día de mi vida como el esclavo de la mejor de las amas del mundo, cruel, sádica, dulce, bella, imaginativa y adorable, y de pronto todo parecía tener que cambiar.
Yo ya había intuido algo. Hacía tres noches, una que tuve que pasar de pie, con el cuello y las manos en el cepo (había cometido un error realmente imperdonable: me había parado a tomarme un café, sin haber pedido permiso, y me vio una de las amigas de mi Ama) en una de las cabezadas que debí dar, tuve un sueño premonitorio.
Me vi a mí mismo, desnudo como casi siempre estaba, haciendo cola en el autobús. Nadie parecía extrañarse de que no llevara ropas, pero a mi me molestaba el que todo el mundo fuera subiendo, y que nunca pareciera haber lugar para mí. Me sentí ansioso, casi desesperado, y poco a poco –en mi sueño- la desnudez me hacía sentirme peor, ridículo y dejado de lado.
Me desperté de golpe cuando la barbilla golpeó el tablón del cepo, con los músculos atenazados, con tortícolis y calambres en las manos. Y mucha sed. Y, además, el sueño me había dejado con un mal regusto que no se me quitó ni con los vigorizantes azotes que me propinaron por la mañana, antes de soltarme -¡y de correr al baño¡- y de dejarme ir a trabajar.
Y ahora el sueño parecía que iba a cumplirse, al menos en parte.
Estaba delante de mi ama, a la vuelta de mi trabajo, de rodillas como siempre, mientras me hacía sabedor de las buenas nuevas.
“Bobi, -este es mi nombre de esclavo, el que llevo grabado en mi placa al cuello- no es que esté descontento de ti, aunque creo que puedes rendir un poco más, pero voy a tomar otro esclavo”.
¡Ya estaba¡ ¡Ya se había estropeado todo¡. Sin embargo, a mi pesar, la noticia me había provocado una erección. Estaba claro que ser tratado mal estaba en la naturaleza exacta de todo masoquista. Esperé que me dijera más cosas.
“Como sabes, tengo muchas ofertas, muchas más de las que puedo tener en cuenta, pero la semana pasada me ofrecieron un esclavo muy, muy interesante”
Me atreví a mirar a mi Ama mientras me hablaba. Extraordinaria, como siempre. Alta, con un cuerpo maravilloso, con las piernas enfundadas en medias negras, no había nada más que deseara en ese momento que lanzarme a sus pies. Pero no parecía estar de humor.
“Así pues –continuó- tendremos que organizar la existencia en la casa. Solamente tengo lugar para un esclavo personal. El otro deberá trabajar bajo las órdenes del principal. ¡Y no me verá¡”.
Se me cayó el alma a los pies, y la erección desapareció como por ensalmo. Yo había disfrutado hasta ahora de un estatus inmejorable. A cambio de trabajar sin sueldo, de depender totalmente, hasta en lo más mínimo, de los deseos de mi Ama, había gozado de su interés, y cada día había disfrutado de su presencia. O de su fusta, o del sabor de sus pies -¡mejor dicho, de las suelas de sus zapatos¡- o las extraordinarias ocasiones en las que la acompañaba a algún sitio, como su porteador, su chófer o sencillamente su conversador, extrayendo lo mejor de mi caletre para divertirla. Y ahora parecía que esto iba a cambiar del todo.
¡Y, además –pensé- la semana que viene le corresponde tener la menstruación¡ ¡Y me quedaré sin mi ocupación mensual de comprarle los tampones, cambiarlos, recoger los usados y procurar que su mal humor se lo pase conmigo, aunque no conviene dejarle a mano el látigo¡
“Por lo tanto, prosiguió, descruzando las piernas con un fru-fru de nylon que me estremeció la médula, vosotros dos deberéis competir para ver quien ocupa la plaza de esclavo principal mío. Y el que pierda estará seis meses trabajando y trabajando duro en la nueva empresa de traducciones que he montado a las órdenes del vencedor, que tendrá la consideración de Amo. ¿No es divertido, eh, Bobi?”
Muchísimo. Todo mi pasado con ella, todo lo que había llegado a hacer, borrado de un plumazo, por un capricho de mi Ama. Pero ¿no es esto precisamente lo que deseo como esclavo? ¿no tener voluntad, depender de una persona que no me considera más allá que una cosa con piernas? Así pues, procuré poner buena cara y me atreví a hablar sin que me lo indicara.
“Sí, mi Ama, será muy divertido poder competir por Usted, por poder estar cerca de usted”, le dije mirando su mano que sostenía un cigarrillo encendido. Y lo decía sinceramente.
Quince días más tarde, no lo pensaba igual.
En la sala principal de su casa había unas veinte personas. Yo ya conocía a bastantes (y no tenía gran recuerdo de ellas, precisamente) pero había muchos desconocidos. El nuevo esclavo y yo estábamos desnudos –él es mucho más joven que yo, más musculoso aunque su pene es bastante más estrecho y corto. ¡Para lo que me sirve a mí, de todas maneras¡
Mi –nuestra- Ama anunció a los presentes que se trataba de un tema de selección de personal. Que había un puesto de trabajo, y dos candidatos, y que íbamos a presenciar el –doloroso, dijo- proceso de selección.
Yo tenia los pocos pelos de mi cuerpo –la depilación es obligatoria con mi Ama- erizados. Y aún más cuando escuché sus siguientes palabras.
“Y, como muestra de su devoción hacia mí -¡que orgullo mostraban sus palabras¡- ninguno será atado o encadenado en ningún momento. Soportarán las pruebas con toda su voluntad, y solamente para ganarse el lugar cerca de su ama. ¿Estáis preparados, Bobi, Tonto?”
¿Tonto? Vaya un nombre para un esclavo. Pero le había visto las marcas en las nalgas y los pezones, y me había dado cuenta que algún interés debía tener para mi Ama, si había gastado tantas energía de su brazo en ponerle el culo morado. ¡A mí hacía mucho tiempo que se conformaba con bastante menos¡
Los invitados se removieron alegremente en sus asientos, y algunos echaron mano a sus braguetas o a sus bragas, anticipando lo que vendría a continuación.
Las dos sumisas que a veces estaban con mi ama -¡amateurs, nada de contratos de por vida¡- nos cogieron por los brazos y nos adelantaron en la sala.
Estaban preciosas, he de reconocer, con sus vestidos de cuero agujereados estratégicamente en los lugares oportunos, sin ninguna duda.
“Habrá tres pruebas y el vencedor de la menos dos se llevará el puesto de trabajo. La primera viene ahora mismo. Se trata de la lucha de gallos, muy famosa entre las pobres gallinas”
Mientras mi Ama hablaba, y se reían sus invitados, que no quitaban ojos de nuestros culos ni de los de las esclavas, ellas nos fijaban a las pollas unas varillas de 45 centímetros acabadas en punta.
“Tendrán que luchar uno contra otro con las pollas extensibles. Me temo que el duelo será hasta la “primera sangre”, por lo que uno quedará derrotado cuando el otro le hiera por encima de los muslos, ¿de acuerdo?. ¡Ah¡ Y con las manos a la espalda, ya sabéis que no quiero ataros para ver vuestra capacidad de sumisión”.
Por encima de los muslos implicaba que había que poner el pene erecto, cosa bastante complicada en esa situación. Por el estado de la polla de mi competidor, me daba cuenta que a él le pasaba lo mismo.
Pero yo tenía un truco. Sabía que si era capaz de evocar aquel día del mes pasado, la varilla apuntaría al techo de la habitación. Mientras rememoraba la sensación de estar como su perrito, un día entero, con sus amigas –que traían perros y perras de veras- por el campo, ladrando, y corriendo a cuatro patas, con la cola metida en mi culo, orinando levantando las patas, oliendo los otros perros, los dos nos atacábamos dando vueltas. Pero si bien Bobo solamente podía herirme las rodillas (¡no tenía mi capacidad de recuerdo¡) yo le amenazaba casi los hombros. Al cabo de cinco minutos de ballet, Bobo tenía dos marcas en el vientre, una de las cuales sangraba bastante. Cuando le apuntaba, con un buen salto, a la propia polla, mi Ama –con una palmada- declaró acabado el combate y cogiéndome una mano, me declaró vencedor.
¡Una de una¡ ¡Buen augurio¡
Las esclavas nos empezaron a desatar las varillas, mientras mi Ama explicaba la siguiente prueba.
“Ahora veremos la capacidad de resistencia de nuestros competidores. Recibirán un enema cada uno de tres litros de agua jabonosa caliente, aderezada con un poco de alcohol, para que los intestinos se les quejen un poco, y no se les taponará el culo. El primero en soltar su carga, pierde, ¿sencillo, no?”
Muy sencillo, pensé, mientras las esclavas nos llevaban a unos bancos en un costado de la sala. A su lado, colgando de sendos soportes de bolsas intravenosas de hospital, esatban dos enormes bolsas repletas de líquido. Nos inclinamos -¡sin atar nada, una sensación horriblemente extraña¡- y nos introdujeron con cuidado -¡gracias¡- las cánulas en los dos anos. A una señal de la Ama, abrieron las llaves y el líquido, irritante y bastante caliente, empezó a llenarnos.
Tardó sus buenos cinco minutos, durante los cuales mi Ama explicaba tranquilamente a los presentes, cada vez más excitados, que el perdedor llevaría durante los seis meses prometidos una jaula de metal y cuero en su pene, que lo permitiría no tocárselo, ni mucho menos eyacular: ¡una maravilla¡. Y que, además, sería el esclavo sexual del principal, que lo podría usar para su propia expansión. ¡Vaya regalo¡, pensé, mientras mi agujero del culo se estremecía involuntariamente. El agua estaba llenando de forma muy, muy incómoda mis intestinos.
Cuando se vaciaron los dos depósitos, yo apenas podía moverme, y sentía lo que deben sentir las embarazadas en sus últimas semanas. Y cuando, a la orden del Ama, retiraron las cánulas de los culos, la presión para salir fue sencillamente terrible. Las dos esclavas nos arrastraron al centro de la sala, y nos pusieron de pie, las manos tras la nuca, sobre dos cubos enormes. Y empezó la cuenta.
Al cabo de tres minutos, me parecía que el mundo estallaría y que yo desaparecería con él.
Y ver que delante de nosotros los invitados se lo pasaban de maravilla, ¡incluso dos estaban follando tranquilamente¡.
El tiempo pasaba, y nuestra Ama nos estimulaba pasando por detrás de nosotros, apretando los pezones con sus dedos de uñas largas, haciendo más difícil aún mantener la concentración y el culo cerrado.
Los minutos goteaban lentamente, ¡¡demasiado poco a poco les juro¡¡, y yo no podía dejar de mirar a una de las visitantes. Estaba regodeándose obviamente con el espectáculo y se frotaba sin ningún problema los pechos -¡enormes¡- con las dos manos.
Al final no pude más, lo reconozco, y por mucho que deseara a mi Ama, me vacié estruendosamente -¡me debí poner muy, muy colorado¡- en el cubo que estaba entre mis piernas. Me giré, avergonzado y humillado, y vi la mueca de satisfacción, y de dolor, de mi competidor.
Cinco minutos más tarde, después de haber pasado por el baño, a limpiarnos, volvimos al escenario. Había un poco más de compostura entre los invitados, y nuestra Ama estaba departiendo con otra colega suya, especialista en el entrenamiento de criadas: ¡seguro que se intercambiaban información muy interesante¡.
Mi erección se empezaba a recobrar mientras me llevaban de nuevo al centro de la sala.
¡Ya había perdido mi ventaja¡.
Estaba ocupada por dos sillas metálicas. Ahora sí que se me subieron los huevos a la garganta.
Mi Ama empezó a describir la última prueba, aunque yo ya la veía mentalmente.
“Ahora Bobo y Bobi, que está empatados a una prueba, se lo van a jugar todo. Se sentarán en esas maravillosas sillas, uno enfrente del otro, y sujetarán los dos extremos de una cuerda con los dientes. Encenderemos los calentadores eléctricos que están bajo los asientos, y ¡el que suelte la cuerda, porque tiene el capricho de gritar, por ejemplo, habrá perdido la competición y se pasará seis meses como el esclavo de más baja categoría nunca existente¡¡
Nos dirigimos a las sillas. Los asientos estaban cubiertos de púas de dos centímetros y del centro sobresalía un falo metálico de unos veinte centímetros. Con las manos nos separamos las nalgas y poco a poco me fui introduciendo la estaca en el culo, a la vez que trataba de mantener el equilibrio.
Al final deposité mi culo sobre el asiento de púas, algunas de las cuales se me clavaban dolorosamente en los testículos. Realmente hubiera sido mucho mejor que nos ataran. ¡Tener que aguantarse por uno mismo en esa situación era realmente terrible, lo juro¡¡
El daño que hacía el consolador metálico en el dolorido culo después del show del enema era realmente terrible. ¡Parecía que me iba a estallar¡ Y cuando mi peso se descansó del todo en el asiento las púas se clavaron de veras en la carne. Pero pude ver como la cara de mi competidor estaba tan blanca como la mía debía estar. Era un alivio, pero muy pequeño comparado con lo que nos esperaba. Yo ya sudaba por todos los poros.
Nuestra Ama se nos acercó, con una cuerda entre las manos, y nos acarició la cara a los dos, yo creo que un poco más a mí, pero no podía estar nada seguro en esos momentos.
Mi polla se levantó como por un resorte, a pesar de todo.
Nos miró, estaba extraordinaria, con sus pechos marcándose por debajo de su traje de cuero y cuando se giraba su magnífico trasero prometía un futuro muy excitante al que ganara la competición.
Nos presentó, uno tras otro, los dos extremos de la cuerda para que los mordiéramos. Así lo hice, lo más fuerte que podía. Pero las contracciones del culo alrededor del falo de metal no me dejaban pensar en muchas cosas.
“¿Estáis preparados?”
Apenas asentimos, y las dos esclavas, a nuestras espaldas, encendieron los interruptores de los calentadores bajo nuestros cómodos asientos. ¡Y no estábamos atados a los asientos, sino que nos habíamos empalado por nuestra propia voluntad¡.
Los invitados se removían y resoplaban mientras el calor iba llenando las púas y los falos, hasta dentro del ano. Los dos empezamos a removernos, cerrando las bocas fuertemente, sin dejar escapar casi ningún sonido, apenas un murmullo creciente en volumen a medida que el calor iba subiendo más y más, y que el dolor dentro del culo era mayor, y que las púas se iban clavando en las nalgas, y que ya parecía que no iba a poderlo soportar ni un segundo más....
Dos meses más tarde, en la casa de mi Ama
Yo estaba encadenado, preparando la cena. Delante de mí, colgado en la pared, bajo una foto del trasero de mi Ama -¡la única a la que tenía derecho¡- tenía el menú que deseaba mi Ama. Llevaba, como siempre salvo cuando usaba la boca chupando algo o los pocos ratos que bebía o comía, un arnés en la cabeza, con una mordaza de bola muy, muy estrecha. Mi dieta era muy distinta de la de mi Ama.
Además, como cada día, había pasado ocho horas en mi jaula trabajando con el ordenador, y estaba realmente cansado. Pero la salsa no acababa de salir bien, y el vino no estaba todo lo frío que debía.
Noté pisadas a mi espalda, pero no me giré. Las manos de Bobo, ese cerdo que me había quitado mi lugar a los pies de mi Ama, me palmearon las nalgas.
“¡Qué bien huele, Bobi¡. Hoy seguramente no te ganarás el cepo de nuevo, por lo que parece¡”
Pensé frenéticamente en que otras cosas podían estar mal en la cocina.
“Hoy mi Ama me ha dejado que le llevara la compra y he podido besar sus pies antes de que subiera al coche, para limpiárselos, ¡qué te parece, animal¡”
Yo ya sabía lo que venía.
“Aquí tienes la botella con la orina del Ama para tu cena, y ahora ¡gírate¡”
Me di la vuelta, arrastrando las cadenas de los tobillos y el cuello. Su pequeña y puntiaguda polla sobresalía de sus pantalones. Me arrodillé y él me sujetó por la cadena del cuello, mientras con sus manos quitaba el candado del arnés y de la mordaza. Lo dejó caer al suelo y me sujetó la cabeza. Yo no tenía que preocuparme por mi polla, ya que los seis meses los iba a pasar dentro de un cinturón de castidad: ¡ya me había olvidado de cómo era¡¡.
Empecé a lamer y chupar, tal como hacía cada noche. Cuando se la hube puesto dura como una piedra, me giré y me incliné sobre la mesa de cocina. Me agarró por detrás, pasando sus manos sobre las medias y los elásticos que las sujetaban al corsé (¡rojo y verde, esta semana, Dios mío¡¡) y me metió la polla por el culo. Moví el trasero como sabía que le gustaba y al cabo de poco soltó su carga en mi ano. Por suerte duraba muy poco. En este caso, el trabajo de puta era poco cansado, la verdad.
“Sigue trabajando, perro, que tengo que llevarle la cena a mi Ama”.
Yo estaba ocupado, como era mi deber, en limpiarle la polla con la boca, pero pensé que cuatro meses pasarían muy rápidos: ¡¡ya vería la próxima competición¡¡¡.
De paseo con mi ama
Por mucho que un sumiso desee ser humillado, una cosa es hacerlo en el gabinete de la ama, y otra es que te humillen en público, en medio de la calle.
que tenían un poco de barro de las calles mojadas por la lluvia, me dijo que me preparara, que la próxima vez sería mucho peor, que no me saldría tan fácilmente. |
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Lady H. Von Dragon
Para hacer la entrevista, Lady H Von Dragón me ha concedido el honor de estar arrodillado delante de ella. He podido desnudarme en el portal
de su gabinete, y a cuatro patas he llegado, con el cuaderno y el bolígrafo entre los dientes, hasta su trono. Su ayudante viene y por detrás me coloca un cartel al cuello que dice: “Soy imbécil”. Comenzamos bien, no hay nada como saber el lugar que tiene cada uno.
Me preparo y espero que me dé su permiso para empezar a preguntarle.
Lo primero que me dice es que si en alguna pregunta le falto al respecto, o sencillamente cree que no lo hago bien, me dará con la fusta en las manos, como si fuera un mal colegial. Teniendo clara mi misión, empiezo las preguntas, procurando no mirar más alto de los pies, que lleva calzados enanos extraordinarios zapatos negros con un tacón imposible de la menos quince centímetros. Procuro concentrarme y olvidar cierta parte de mi anatomía que está creciendo a ojos vistas (¡que no la vea ella¡).
Imbécil reportero: “Señora, ¿cómo comenzó a interesarse por la dominación y el mundo del sadomasoquismo?”
Lady Helena Von Dragon: “Siempre me atrajo la estética relacionada con el Bondage y el Sado Masoquismo, sobre todo la ropa y el calzado. Además, mi primer marido era fetichista, y fue quien me introdujo en este mundo, desde un punto de vista amataeur”
IR: “¿Cuál fue su primera víctima?”
LHVD: “Pues, ¡el mismo!, indudablemente, ¡ja, ja, ja¡”
IR: “¿Es una autodidacta o ha estudiado con alguien en especial?”
LHVD: “En un comienzo fui realmente una autodidacta, pero después estuve un tiempo como asistente de una domina alemana muy experta, (yo tenía 19 años). Más tarde hice mis estudios en Dortmund (allí es posible obtener un título de Domina y mejorar todas técnicas). Amén, claro está, de la inestimable ayuda que me ha proporcionado la experiencia real todos estos años con mis sumisos”.
IR: “¿Cuál es la parte de su cuerpo que prefiere que le adoren los sumisos?”
LHVD: “Todas ellas, todas tienen un encanto particular para mis sumisos”.
IR: “¿Cuáles son las técnicas que más le divierte practicar?”
LHVD: “Sin ninguna duda, lo que más me gusta es bucear en la mente de mis sumisos, y encontrar exactamente sus más ocultos deseos, pero es evidente que me divierte, y soy muy hábil, practicar los más variados castigos, desde la flagelación al tratamiento clínico, y los juegos de rol, la feminización o la humillación, incluso la pública”.
IR: “¿Cuál ha sido la sesión más intensa que recuerda?”
LHVD: “Como más dura, una de castigo severísimo, con suturas, anillado genital, y marcado al fuego en los genitales”.
IR: “¿Qué prefiere, sumisos o sumisas?”
LHVD: “No hay ninguna duda: ambos, por igual”.
IR: “Ahora usted está en Valencia, pero ¿será su lugar de residencia en el futuro?”
LHVD: “No, mis planes incluyen volver a Mallorca, donde estuve viviendo y tuve mi estudio durante varios años. Además, ¡creo que me echan de menos, ja, ja!”.
“¿Recibe usted sumisos en estancias largas, para adiestrarlos?”
LHVD: “Sí, sin ninguna duda. Además, puedo hacer internamientos de todo tipo”.
IR: “¿Cuál es el tributo que le deben hacer sus sumisos? ¿Es usted tan generosa que acepta regalos de ellos y ellas?
LHVD: “Cada sesión tiene su tributo adecuado XXXXX
Yo le doy las gracias, y ella me tiende su zapato para que bese la suela, lo que hago con toda fruición, ya que me esperaba otra cosa¡¡
Se levanta y pasa por mi lado, yo sigo de rodillas, con el cartel al cuello, y tratando de esconder mi erección. Oigo la puerta que se cierra y su ayudante me toma del cuello y me lleva hasta la puerta, que está abierta. Mi ropa, en un montón, está fuera. Cierran la puerta, y tengo que vestirme rápidamente antes de que alguien más vea al imbécil del reportero.
Muchas gracias, Lady Helena Von Dragon, espero que pronto la vaya a visitar de nuevo¡¡

Entrevista de ELEGY, pinche aquí .
